Protección contra incendios en aeropuertos: criterios y prestaciones en los sistemas fijos gaseosos

Como ya relatamos en nuestro anterior número, el objetivo fundamental de la lucha contra incendios es la protección de las personas, propósito que requiere un diseño adecuado de los sistemas de detección y extinción. Con todo, existe una creciente preocupación por preservar el contenido de las estancias, especialmente desde el advenimiento de la era de la información y del consecuente aumento de la complejidad y el valor de los equipos empleados.

Los aeropuertos son, en este sentido, puntos muy sensibles a cualquier interferencia que afecte a su normal funcionamiento o a su seguridad. Los costes de parada de un terminal son muy elevados, y existe la posibilidad de alterar el tráfico aéreo o provocar atención mediática no deseada. Por tanto, en estos casos es todavía más importante elegir el sistema de extinción más conveniente, con el fin de evitar o minimizar los daños colaterales tras una descarga. En este punto, los sistemas de inundación por gases limpios –normalmente asociados a una detección precoz– permiten acabar con el foco del incendio en un estado incipiente, para así reanudar la actividad en tiempo récord tras ventilar el local y confirmar la extinción.

En la actualidad, los sistemas fijos de protección por gas más habituales son los gases limpios (agentes halocarbonados, agentes inertes) y el dióxido de carbono, con distintas características y prestaciones, como se detallará más adelante. A su vez, los usos habituales son los cuartos de equipos eléctricos, electrónicos, comunicaciones y maquinaria (salas de control y de datos, telecomunicaciones, suelos técnicos, cuadros eléctricos, generadores, motores, escáneres, etc.). Otros sistemas adecuados también para estas aplicaciones, como el agua nebulizada a alta presión, no tienen parámetros de diseño equivalentes y la comparación no es directa ni extrapolable, por lo que, a continuación, nos centraremos en los gases.

Desde el punto de vista de un proyecto de protección contra incendios, la norma UNE-EN 15004 describe en sus distintas secciones los criterios mínimos de diseño, instalación y mantenimiento de sistemas de extinción mediante agentes gaseosos, así como sus aplicaciones. A nivel internacional, la más extendida es la norma estadounidense NFPA 2001. Ambas recogen los gases limpios aceptables para sistemas fijos de PCI, siendo los más habituales los presentes en la siguiente tabla:

Las diferencias en el uso radican en las ventajas y limitaciones de cada uno, no existiendo en la actualidad un sistema “perfecto” que sea simultáneamente el más rápido, efectivo, inocuo, compacto, económico, sencillo de mantener, seguro, ecológico, estable, de gran cobertura, etc. La comparación objetiva permite sustentar con criterios técnicos (no con tendencias) la elección más adecuada según los condicionantes de cada proyecto.

En cualquier caso, existen una serie de factores considerados de especial relevancia, encabezados por la seguridad de los ocupantes. Este principio hace referencia a la presencia ocasional o permanente de personal en la zona y no es aplicable a recintos públicos o de gran afluencia. En caso de haber trabajadores en el área, será necesario revisar las medidas requeridas (evacuación, exposición máxima, dispositivos adicionales de seguridad), teniendo en cuenta las restricciones propias de la libre circulación.

Por otra parte, está el valor del equipo protegido y su vulnerabilidad ante posibles daños colaterales de la descarga: suciedad, choque térmico, sensibilidad a la presión sonora o a los subproductos de descomposición. Este factor hace más recomendables las descargas de gas limpio de manera controlada, con accesorios silenciadores y agentes estables ante altas temperaturas, humedad u otros productos presentes, como, por ejemplo, hidrocarburos.

Otro dato que se debe tener en cuenta son los condicionantes del recinto. La extinción en interiores distingue entre espacios totalmente cerrados (inundación total) o no (posible aplicación local). En el segundo caso, únicamente el dióxido de carbono es aceptable, o bien sistemas no gaseosos como el polvo químico seco, el agua nebulizada o los rociadores.

El hecho de disponer de poco espacio para el almacenaje es otro factor importante, puesto que ello obligará a usar sistemas centralizados (con válvulas direccionales, para reducir el número de cilindros) o bien agentes químicos (halocarbonados), por ser más compactos.

El medioambiente, por su parte, es otro de los principios que hay que considerar, debido al empleo de agentes con efecto invernadero o sin él (nulo GWP). Este es, por supuesto, un criterio relevante, aunque también matizable: las instalaciones PCI se consideran aplicaciones no emisivas dado su bajo impacto real (<0,05 % del total de emisiones equivalentes de la UE)1.

Del mismo modo, habrá que considerar las necesidades de mantenimiento a medio y largo plazo con el fin de valorar posibles costes ocultos: recargas, sustituciones, incidencias, etc.

A modo ilustrativo, comparemos la protección de una sala informática (control, ordenadores, CPD, etc.) que requiera un suministro eléctrico ininterrumpido (riesgo superior de clase A):

Valorando de manera conjunta el diseño con las razones anteriores y las distintas fichas de seguridad y técnicas, se puede elaborar una comparación cualitativa de prestaciones:

Ninguno de los agentes actuales agota el ozono, si bien, los gases inertes son los únicos que presentan un efecto invernadero nulo.

En lo relativo a los efectos colaterales de una descarga, hay que tener en cuenta la vida media y la reactividad química, pues son factores que dan una idea de la estabilidad del producto. Por ejemplo, los compuestos fluorados generan más subproductos de descomposición (ácidos de flúor) a altas temperaturas. Esto ocurre especialmente con las cetonas, que también reaccionan con la humedad ambiental, alcoholes e hidrocarburos, pudiendo resultar potencialmente corrosivos. El dióxido de carbono y, especialmente, los agentes inertes –mucho más estables y no reactivos– no presentan este efecto.

Desde el punto de vista de la instalación, los agentes químicos son más compactos por su capacidad de licuarse en condiciones normales. A baja presión (hasta 34 bar), permiten usar cilindros soldados, tubería tipo SCH 40 y accesorios de 300 lbs. Por su parte, los gases inertes requieren tubería SCH 80 tras el restrictor, aunque las nuevas tecnologías de descarga controlada tipo Constant Flow permiten regular la presión y el caudal en la misma válvula, evitando el restrictor y reduciendo diámetro y calidad a SCH 40.

Por último, desde el punto de vista del mantenimiento, la frecuencia de incidencias es crucial para evaluar la viabilidad económica de la instalación a medio y largo plazo. En caso de descarga, el coste de reposición de algunos agentes es, en comparación, alto. Incluso con una periodicidad media-baja puede superar la inversión inicial con sólo dos incidentes, de ahí que optar por un gas de obtención sencilla o presente en otros sectores coadyuve a aliviar esta problemática.

Siguiendo con el ejemplo previo, podemos ampliar el análisis inicial con previsiones a medio y largo plazo:

En resumen, la utilización de agentes limpios en instalaciones críticas no sólo es ventajoso, sino también deseable. Esto es debido a la óptima combinación de la alta eficiencia contra incendios y el bajo impacto colateral en los equipos, que, además, puede anticiparse desde la fase de diseño.

Los criterios abordados (seguridad, efectos sobre los equipos, mantenimiento) son extrapolables en términos generales, y pueden emplearse como guía según este diagrama simplificado. Como apunte final, los requisitos normativos son mínimos exigibles, siempre susceptibles de ampliarse en usos especialmente críticos como el aeroportuario. Equilibrar seguridad, control, contención económica y minimización del impacto de los incidentes es, en conclusión, un objetivo factible.